ZORRA

No pudo dormir otra vez y los recuerdos desaparecieron con los rayos del sol.

Una y otra noche la misma pesadilla; cine, un helado, un ticket a Las Vegas, la ilusión de una nueva vida sin él y un esplendoroso futuro para ella. Un taxi, un golpe y la nariz sangrando…

Sara camina por los mismos lúgubres y mal olientes pasillos de cemento, con la esperanza de que en cada uno de los cubículos separados por una desvencijada cortina, encuentre los colchones vacíos. Siempre desea lo mismo y siempre se decepciona. Todos están ocupados, todos esperan a la “latina nueva”.

La fuerza y la vista le han empeorado con las drogas, pero no es de lamentar. Lo agradece. Ya no tendrá que transitar por la nauseabunda experiencia de saber lo que pasará con ella, lo que harán con ella… Y quienes se lo harán. Tambaleando, ingresa a la “habitación” designada.

Apoyado ahí en la ventana, jugando con un cigarro en los dedos, está la persona que todos los viernes por la noche le dice

“eres mi zorra favorita”; y a la que ella contesta:

– No soy una zorra, soy una esclava –

Lo ha dicho tantas veces, que ya es un mantra que nadie escucha, por lo que a estas alturas, ella también lo considera de la misma forma.

… El aeropuerto McCarran, debe ser el aeropuerto más cosmopolita de esta parte del mundo. Es la torre de babel de Amèrica, se decía Sara que alucinaba con su primera vez en Las Vegas, mientras su “nuevo novio” sonreía y le guiaba a tomar el taxi que sin saberlo, la conduciría a este infierno.

¿Qué es esto? ¿Dónde vamos? ¡Éste no es un hotel! Quién eres tú por dios…

-Tu dueño-, le susurra desde el asiento trasero, una niña que no debe de tener más de 14 años. – No te acaban de contratar, te acaban de vender, y sonríe o te ira muy mal. Deja de llorar.

A pesar de los eternos meses olvidándose ya de ella misma, existía un terror que nunca había podido dominar, tampoco sus compañeras; sobre todo la rusa y esa niña pequeña de piel negra como el ébano y ojos azules como el cielo de una tierra, que cada día olvida más; el tener que darle la “bienvenida” a los nuevos clientes, con los que nunca se sabía si saldría viva o partida a la mitad.

El juego siempre era el mismo, no hacer nada y dejar que la imaginación corriera por parte del hombre con aliento a tabaco.

– Eres toda mía, grita todo lo que quieras que nadie te oirá y más sufrirás. Más me gustas así, dócil bebé –

A esas alturas Sara ya no estaba ahí, su mente estaba en otra parte; ni el dolor, ni la sangre, ni el abuso. Nada existía. Sólo recordaba… y se preguntaba. ¿Me buscarán? – Creo que hoy es domingo- ¿Estará mamá haciendo galletas? De seguro que sí y de seguro la María está pensando en que a mí me gustaban mucho; si hay un dios, por favor no le permitas a mi hermanita seguir mis pasos…!

Las primeras semanas luego del primer mes de iniciación – aquel en que le quebraron el alma junto con el cuerpo para hacerla más dócil y subastarla sin problemas- Intentaba suavizar el momento trayendo recuerdos felices junto a su gente y junto a él, a Santiago, pero lo único que conseguía era ensuciar sus recuerdos con esa mierda que la tocaba todos los días.

Permanece petrificada, inmóvil. Esperando que el castigo pase rápido.

Al principio las sobredosis cumplían el objetivo y lograban llevar su conciencia a otra realidad, sin embargo ahora, lamentablemente ha llegado al punto en que se ha hecho inmune a sus efectos. Hoy, estaba en la fase en que toda su verdad se intensifica y se hacía horrorosamente más cruel. Sin embargo, una tenue luz reflejada en el espejo del lavamanos al lado del catre de fierro, le guía la vista. El desgraciado en su borrachera, lanzó muy lejos los pantalones y también, su revólver…

Como un perrito que cumple la orden de su amo ella recibió el pago luego de 60 minutos de tortura, la guardó para su “papi” y se echó encima unos gramos más unos menos, como boleto para ingresar a la siguiente puerta.

Han pasado tres horas y aún le quedan cuatro camas por recorrer. Cuatro motivos para querer morir.

Luchando con el cansancio de su cuerpo, quiere aguantar unos minutos más antes de ir a dormir. Quiere tener el único instante de felicidad que le queda en esta vida, mirar el amanecer. Sus ojos estaban hinchados, su piel hace mucho perdió el color de antiguos veranos y sus labios ya se dividen como hojas de un libro viejo; pero aún así, su alma recuerda la sensación de sonreír con los rayos del amanecer que atraviesan las ventanas con rejas sin vidrios.

Hoy es un amanecer diferente.

La noche anterior, cuando se dejaba vencer para siempre, tomó valor y hurtó el arma al borracho del catre número 7…

Hoy, quiere tener como última imagen la esperanza que conlleva un nuevo día, porque otra noche como esa no habrá; se lo ha jurado a la última herida en sus muslos; ya sea que logre huir, ya sea que un tiro certero acabe de una y vez por todas con toda la mierda.

– ¡Sara! Sal de la ventana porquería, anda a descansar zorra. Hoy será noche de casino y tengo algo especial preparado para ti, aprenderás a respetar.

Sara baja la vista y como reflejo asiente temerosa hasta que “papi” se va… Fue en ese momento que el terror que sintió apoderándose de su ser, se transformó en fuerza, en luz…. En vida.

Sonriendo le clavó la vista en la espalda al hombre y en un dulce susurro responde:

-¿Papi?

-Extrañado, gira grosero para mirarle de reojo…

– No soy tu zorra y papi, nunca fui tu esclava-

El sol salía por las montañas tras la ventana enrejada, mientras que un estruendo seco y ensordecedor inundaba de sangre y de muerte el pasillo del burdel de cemento.

Vicenta Der

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